martes, 1 de noviembre de 2011

GÉNERO Y SEXO, o SEXO Y GÉNERO, NO SON LO MISMO ( y II )


Recientemente tuve la ocasión de asistir a una conferencia que versaba sobre la ley contra la violencia de género, mal llamada así, en mi opinión, porque uno entiende que género y sexo no significan la misma cosa, a pesar de que se supone que quienes elaboran las leyes están asesorados por letrados. Y un letrado, -género en el que se encuadran los abogados, secretarios judiciales, jueces, magistrados, etc.-, en la primera acepción que precisamente recoge el diccionario es el de persona sabia, docta o instruida.
Antes, sin embargo, de abordar el tema que me ha sugerido este comentario, conviene hacer una postrera referencia a otra variante sobre el uso indebido del género en general, ya que en los últimos tiempos, por razones de corrección política, -que no de corrección lingüística-, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita la alusión a ambos sexos al referirse al plural. Y es que, -no lo dice uno, lo dice la RAE-, en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Por tanto, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo. Así, por ejemplo, la expresión los alumnos puede referirse a un colectivo formado sólo por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. No hay que olvidar que en la lengua cabe la posibilidad de poder referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, en lo que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva. Pero, claro, si una ilustre Corporación como el Colegio de Abogados de Málaga, -no hablo ya de políticos o sindicalistas-, en su página web habla de compañeros y compañeras, letrados y letradas o abogados y abogadas para aludir a determinados colectivos, apañados estamos. No digamos nada del símbolo de la arroba @ que tanto prolifera como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo. Debe tenerse en cuenta, -dice la RAE-, que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo.
Pero, yendo a lo que íbamos, entiendo que no es correcto hablar de violencia de género, como hace la ley, para referirse a la violencia sobre o contra la mujer, por cuanto una y otra idea no son iguales. Si género es un concepto gramatical, sexo es un concepto biológico, no obstante se utilice a veces  el nombre género natural (equivalente al sexo) para contrastar con género gramatical. El género no está basado en el sexo biológico (extragramatical), sino en la clase a la que tal sustantivo pertenece. Fue quizás, con el auge de los estudios feministas en los años setenta del siglo XX, cuando empezó a usarse en el mundo anglosajón el término gender con un sentido técnico específico, que se ha extendido a otras lenguas, entre ellas el español. En la teoría feminista, con el término género se alude a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de tipo social, económico, político, laboral, etc. En ese contexto es en el que cabe aceptar expresiones como estudios de género, discriminación de género o violencia de género, dentro de cuyo ámbito concreto de esos estudios sociológicos, para la RAE esta distinción puede resultar útil; pero el nuevo significado no lo recoge todavía en su léxico. Por ello, el empleo de la palabra género sin ese sentido no es admisible. El Diccionario sigue diciendo que sexo es la condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas, o el conjunto de seres pertenecientes a un mismo sexo; en tanto que .género es el conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes, o la clase o tipo a que pertenecen personas o cosas. Y el Diccionario Panhispánico de Dudas aclara que para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo; y añade que las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género). El uso, pues, de la palabra género como sinónimo de sexo ha de evitarse. Para las expresiones discriminación de género o violencia de género existen alternativas como discriminación o violencia por razón de sexo, discriminación o violencia contra las mujeres, violencia doméstica, violencia de pareja o similares.
Por cierto, si no he contado mal, hasta en ciento nueve ocasiones la dichosa ley emplea la locución violencia de género y en otras tantas veces violencia contra la mujer o las mujeres, como si fueran sinónimos. Pero curiosamente, a los juzgados creados específicamente ad hoc por la propia ley los llama de violencia sobre la mujer, que entiendo es más adecuado.
                                                                                                                            He dicho

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GÉNERO Y SEXO, o SEXO Y GÉNERO, NO SON LO MISMO ( I )


Aun cuando pudiera parecerlo, no es que un servidor tenga una especie de monomanía casi enfermiza con el tema del lenguaje. No; es que uno considera que en el lenguaje culto no deben emplearse términos o conceptos que no estén recogidos en el Diccionario de la RAE, que es el organismo que, en definitiva, tiene reconocida su autoridad en materia del idioma, en este caso del español obviamente. La misión de la Academia de la Lengua Española es la planificación lingüística mediante la promulgación de normativas dirigidas a fomentar la unidad idiomática dentro y entre los diversos territorios mediante una norma común, en concordancia con sus estatutos fundacionales de velar por que los cambios que experimente el idioma español, -que no castellano-, no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. La RAE responde a la necesidad permanente de regular una lengua de tan amplia extensión como la española, al margen de ideologías políticas, sin dejar de adaptar su funcionamiento a los tiempos presentes. Con respecto a este último extremo no estaría de más hacer referencia, a modo de ejemplo, al vocablo jurisprudencial, -podría hacerse alusión a otros muchos-, que hace bastantes años viene siendo empleado, por supuesto de forma incorrecta, en leyes y resoluciones judiciales; pues bien, dicho término ya va a ser aceptado en la 23ª edición del diccionario, lo cual demuestra que la RAE ni mucho menos está anclada en el pasado.
¿Cómo es posible seguir diciendo a estas alturas del siglo XXI la letrado, la secretario o la magistrado-juez? Pues, aunque no se deba hacer, sí lo es. Porque lo primero se lo oí decir hace poco en televisión a una periodista de mucho fuste y peor genio, -que parece querer estar siempre en posesión de la verdad y que mira a los demás, sean colegas o no, por encima del hombro-, para referirse a una abogada que estaba también en el plató; y las otras dos joyas lingüísticas las he visto escritas en sendas resoluciones o diligencias judiciales que me han llegado recientemente. Y es que lo de la juez, -recordemos que conceptualmente jueza ya no es como antaño la mujer del juez, sino la mujer que desempeña el cargo de juez-, todavía sería admisible, habida cuenta de que la palabra juez sigue teniendo la consideración de nombre común; o, incluso lo de la abogado, -al igual que otras titulaciones, como la arquitecto, la ingeniero o la médico, porque sobre ellas dice el Diccionario de la RAE que morfológicamente se usan también en masculino para designar el femenino-, tampoco sería incorrecto, no obstante estar admitidas tales profesiones tanto en masculino como en femenino, es decir, abogada, arquitecta, ingeniera o médica. Pero lo de la letrado, la secretario o la magistrado, -lamento tener que expresarlo así-, es totalmente inaceptable.
Sería bueno recordarle a la periodista en cuestión y a la magistrada o a la secretaria de marras que en la escuela uno aprendió, -perdón por la pedantería-, que la Gramática Española hablaba de que en nuestro idioma existen hasta seis géneros: masculino, femenino, neutro, común, epiceno y ambiguo. Y que hay otra cosa llamada concordancia, -no la vizcaína, claro, que es la que usa mal los géneros de los sustantivos, aplicando el femenino al que debe ser masculino, o al revés-, es decir, la conformidad de accidentes entre dos o más palabras variables, caso de los sustantivos. Dejando al margen, pues, que en español no existen nombres neutros, -en algunas lenguas indoeuropeas sí, cual el de los no clasificados como masculinos ni femeninos-, o el supuesto de los géneros epiceno y ambiguo, -al primero de los cuales pertenecen los nombres de los seres animados que tienen un solo género gramatical para ambos sexos, como delfín, persona, etc.; y al segundo, el de aquellos nombres de cosas que admiten indistintamente el artículo masculino o femenino, como el mar o la mar, que no deben confundirse con los nombres ambiguos en cuanto al género, o aquellos en que el empleo de una misma palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado, como el cólera o la cólera-, los sustantivos del género masculino o femenino han de concordar con el articulo o el adjetivo en género y número. Cuestión distinta son los nombres del género común, en el que se agrupan los nombres de personas que tienen una sola terminación y diferente artículo, cuales son las profesiones aludidas anteriormente, -incluida la de periodista-, o la mayoría de los participios activos o formas verbales procedentes del participio de presente latino, que en español se han integrado casi por completo en la clase de los adjetivos o en la de los sustantivos, como pedante, agente, etc-, con alguna excepción puntual, caso de la de presidenta, que es término aceptado por la RAE como palabra autónoma precisamente debido a su uso común.

                                                                                                                            Continuará

viernes, 14 de octubre de 2011

LOS DÍAS FESTIVOS SON DOCE

Cuando he leído en un Diario de tirada nacional el siguiente titular de una noticia el calendario laboral de 2012 tendrá un día festivo más, la verdad es que me  sorprendió, no sólo porque no sería normal en estos tiempos de crisis que corremos, sino porque según mis datos las fiestas están establecidas por una norma. Me fui rápidamente al BOE del día 14 de octubre; y mi sorpresa fue que la Resolución de la Dirección General de Trabajo, -de rango inferior al de Real Decreto 2001/1983, de regulación de la jornada de trabajo, en su redacción dada por el RD 1346/1989-, lo que ha hecho es publicar la relación de los días festivos de la Comunidades Autónomas para el año 2012, en la que no aparece ninguna Comunidad con más de doce días festivos. Curiosamente Canarias, -lo cual se prestaría a un chiste fácil-, aparece con un día menos; y recordemos, por otro lado, que el art. 37.2 del Estatuto de los Trabajares establece un máximo de catorce días festivos, incluidas las dos fiestas locales que puede fijar cada municipio
No sé, por tanto, de dónde se habrá sacado el periodista, si es que lo es, la fuente de la información. Pero un servidor le va a explicar el sistema para que lo aprenda. Y así dice el art. 45.1 del R.D. 2001/1983 antes mencionado que las fiestas laborales de ámbito nacional, de carácter retribuido y no recuperable, serán las siguientes: 
a) De carácter cívico: 12 de octubre (Fiesta Nacional de España) y 6 de diciembre (Día de la Constitución Española);
b) De acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores: 1 de enero (Año Nuevo), 1 de mayo (Fiesta del Trabajo) y 25 de diciembre (Natividad del Señor); 
 c) En cumplimiento del artículo III del Acuerdo con la Santa Sede de 3 de enero de 1979: 15 de agosto (Asunción de la Virgen), 1 de noviembre (Todos los Santos), 8 de diciembre (Inmaculada Concepción) y Viernes Santo; 
 d) En cumplimiento también del mismo artículo III del citado Acuerdo: 6 de enero (Epifanía del Señor), 19 de marzo (San José) o 25 de julio (Santiago Apóstol) y Jueves Santo. Y añade el Real Decreto que, cuando alguna de las fiestas comprendidas en el número anterior coincida con domingo, el descanso laboral correspondiente a la misma se disfrutará el lunes inmediatamente posterior, -aparte del Lunes de Pascua tradicional en el Levante español o en el País Vasco y Navarra, si en el año 2011 algunas Comunidades Autónomas lo hicieron con el Día del Trabajo y con Navidad, otras lo harán en 2012 con el Año Nuevo, entre ellas Andalucía-, al igual que las Comunidades Autónomas podrán sustituir las fiestas señaladas en el apartado d) del número uno de este artículo por otras que, por tradición, les sean propias. En Andalucía, por ejemplo, se sabe que San José o Santiago ceden por tradición ante el 28 de febrero. Seamos serios a la hora de informar a la opinión pública. 

martes, 27 de septiembre de 2011

A VUELTAS CON EL LENGUAJE (y III )


Recordemos, tal como había  quedado simplemente esbozado en la  entrega anterior, que el  leísmo, es el uso impropio de la forma “le” o “les” en función de complemento directo, en lugar de “lo” para el masculino singular o neutro, “los” para el masculino plural y "la" o “las” para el femenino de ambos números respectivamente.
Pues bien, para el Diccionario Panhispánico de Dudas, el problema del leísmo quizás radique en que con ciertos verbos y en ciertos contextos sintácticos es posible que no esté claro para el hablante si el complemento verbal es directo o indirecto, lo que conduce, en ocasiones, a un uso erróneo de los pronombres átonos de tercera persona. Conviene, por ello, recordar que cumple la función de complemento directo aquel nombre, -o pronombre, o sintagma o proposición en función nominal-, que completa el significado de un verbo transitivo, en tanto que el indirecto la realiza si esas mismas partes de la oración completan el significado de un verbo transitivo o intransitivo expresando el destinatario o beneficiario de la acción. Y este matiz del destinatario o beneficiario de la acción es en el que precisamente habría que hacer especial hincapié, con independencia de que el verbo sea transitivo o transitivo, porque  aquí  es donde indudablemente puede surgir la confusión o la duda. Si alguien, pongo por caso, quiere expresar la idea de que vio un hombre, o a una mujer, y se dirigió a uno u otra, en la primera situación la frase correcta sería lo vio y le dijo (nunca LO DIJO); en la segunda, la vio y le dijo (jamás LA DIJO); y, si lo hace a los dos al mismo tiempo, los vio y les dijo (en ningún caso LOS DIJO o LAS DIJO). Está claro que en los anteriores ejemplos tanto el verbo ver como el verbo decir son transitivos, pero éste postrero es el que señala el fin al que la acción se dirige; por ende, en las cuatro situaciones citadas el escritor o el hablante habrían incurrido en loísmo (si hablamos de “lo” o “los”) o laísmo, (si lo hacemos de “la” o “las”).
No obstante, según el citado Diccionario Panhispánico de Dudas, debido a su extensión entre hablantes cultos y escritores de prestigio, se admite el uso de “le”· en lugar de “lo” en función de complemento directo cuando el referente es una persona de sexo masculino. Sin embargo, añade el mismo Diccionario, el uso de “les” por “los” cuando el referente es plural, aunque no carece de ejemplos literarios, no está tan extendido como cuando el referente es singular, por lo que se desaconseja en el habla culta. De la misma forma establece que el leísmo no se admite de ningún modo en la norma culta cuando el referente es inanimado, al igual que tampoco se admite, en general, cuando el referente es una mujer.
Respecto a lo señalado en el párrafo precedente, cabría señalar tres circunstancias, cuando menos curiosas : a) que, al referirse a las personas, la Real Academia Española habla de sexo y no género, confirmando la tesis de algunos destacados lingüistas, -a la que uno se adhiere-, de que las palabras tienen género y no sexo, en tanto que las personas tenemos sexo y no género, no siendo tampoco por ello adecuado hablar de violencia de género, por mucho que leyes, normas administrativas y resoluciones judiciales así lo expresen; b) que para algunos eruditos en la cuestión, el leísmo en los seres inanimados es extensible igualmente o a los animales, posiblemente porque en la definición del citado vicio del lenguaje el Diccionario de la RAE inserta exactamente la locución cuando el pronombre no se refiere a personas; y c) que, sea una manifestación de machismo o no, -en la que uno no entra ni sale, aunque entiende que es más bien por problemas de cacofonía, pues no suena igual decir le vi a él que le vi a ella-, la normación sobre el leísmo no es igual cuando se trata de uno u otra. (Quede, pues, ahí este dato, así como aclarar a los puristas del lenguaje, -a fin de no ser censurado un servidor por lo mismo que uno censura-, que, aunque el vocablo normación no se recoge en el Diccionario, su inclusión está prevista para la próxima edición).
Para terminar, en fin, quisiera apostillar que, mi en opinión, cuando el Diccionario Panhispánico de Dudas hace alusión a las excepciones en las que se admite o no se aconseja el leísmo, -obviamente en las que no se admite no hay nada que objetar-, habría que hablar, al menos, de leísmo impropio, ahora que tanto está de moda inventar palabros o acuñar conceptos, Y es que a uno le recuerda, -perdón, por dejar aflorar mi añeja deformación de jurista-, el caso que ha dado tanto que hablar en los medios de comunicación, sobre  el  ex- presidente de la Comunidad Valenciana, al que acusan de haber cometido cohecho impropio. Porque el cohecho, -activo o pasivo, si se quiere-, sí existe en nuestro el Código Penal; el cohecho impropio, que uno sepa, no.

domingo, 25 de septiembre de 2011

A VUELTAS CON EL LENGUAJE ( II )


Antes de abordar el tema del exordio, -en la anterior entrega sobre el mismo prometía hablar algo más acerca de los barbarismos lingüísticos conocidos como laísmo, leísmo y loísmo-, me voy a permitir hacer un pequeño inciso sobre la cuestión, esbozada asimismo entonces de pasada, de que la RAE no es insensible a recoger en el diccionario aquellas novedades lingüísticas que van haciéndose normales a lo largo del tiempo. Y a las pruebas me remito. Me refiero a otro supuesto que en apariencia parece una contradicción, pero que está ahí; en concreto la referente a la definición del tiempo de prolongación que se agrega a un partido de fútbol en cada uno de los tiempos en que éste se divide. Porque en teoría, si la idea de descontar va unida a la de deducir o rebajar, no sería lógico que a dicho tiempo adicional se le llamara descuento. Pues resulta que sí, que es correcto; porque el Diccionario de la RAE, en su segunda acepción del término, dice que éste es el periodo de tiempo que, por interrupción de un partido u otra competición deportiva, añade el árbitro al final reglamentario para compensar el tiempo perdido. Las cosas como son. (Por cierto, antiguas ediciones abreviadas de las enciclopedias Espasa Calpe, Herder o Larousse no lo recogen).
Yendo al tema que nos ocupa, según la RAE también, los pronombres personales átonos son aquellos que funcionan, ya como complemento verbal no preposicional (caso de “te lo digo”), ya formando parte de los verbos pronominales (como en “se arrepiente”), o adoptando determinados matices significativos o expresivos en las formas reflexivas (sirva como ejemplo “se lava”). Precisamente por su carácter átono, se pronuncian necesariamente ligados al verbo, con el que forman una unidad acentual. Y, por carecer de independencia fónica, se denominan clíticos: proclíticos cuando anteceden al verbo, como en la expresión “me lo dijo”; y enclíticos, cuando lo siguen, como en la frase “dímelo”.
Mas centrémonos en los de tercera persona, que a la postre son los que originan los citados vicios del lenguaje a que antes se ha hecho referencia (laísmo, leísmo y loísmo), y más exactamente cuando hacen las veces de complemento directo o indirecto: en el segundo supuesto “le” o “les”; y en el primerolo” o “los” para el género masculino según sea singular o plural, “la” o “las” para el género femenino de iguales accidentes gramaticales, y “lo” para el neutro, pues en español no existe el plural de este género. Etimológicamente proceden de los dativos latinos “illi” e “illis”, y de los acusativos también latinos “illum” e “illos; “illam” e “illas” e “illud “, por este orden (en latín el acusativo plural es “illa”, pero ya hemos dicho que no tiene correspondencia en nuestro idioma).
El laísmo es, pues, el empleo irregular de las formas “la” y “las” del pronombre femenino ella, cuyo papel relacional en la estructura gramatical de la oración en todas las situaciones sin excepción es la de complemento directo, esto es, cuando completa el significado de un verbo transitivo; nunca como complemento indirecto. Así, por ejemplo, decir la dije o la di un beso es un error sumamente grave y debe ser rechazado, por mucho que últimamente prolifere cada vez más entre profesionales de los medios de comunicación, sobre todo oriundos de Castilla, -y curiosamente no de Andalucía-, puesto que allí se supone que el idioma español tuvo su cuna.
El loísmo es el error consistente en emplear las formas “lo” y “los” del pronombre él en función de complemento indirecto masculino (de persona o de cosa) o neutro (cuando el antecedente es un pronombre neutro o toda una oración), en lugar de “le” o “les”, que es la forma a la que corresponde ejercer esa misión. En el caso del loísmo es menos frecuente encontrar ejemplos, por cuanto la incidencia de éste ha sido siempre escasa en la lengua escrita, especialmente en singular; y hoy se documenta sólo en textos de marcado carácter dialectal. Es el mismo caso que veíamos con el laísmo aplicado al género masculino, siendo igual de grave que el anterior. Un ejemplo podría ser éste: a lo que dijiste "lo" pude haber dado más relevancia, pero no lo hice".
Y el leísmo es el uso impropio de la forma “le” o “les” en función de complemento directo, en lugar de “lo” para el masculino singular o neutro, “los” para el masculino plural y  "la" o “las” para el femenino de ambos  números respectivamente.
Pero como en este último vicio del lenguaje la casuística es muy variada y compleja, el comentario sobre el mismo ha de ser bastante más prolijo. 
                                                                                                                               (continuará

sábado, 24 de septiembre de 2011

A VUELTAS CON EL LENGUAJE ( I )


Leí hace poco en un periódico callejero, en un extracto de la entrevista que se le hacía a uno de los académicos que han intervenido en la elaboración de la Nueva Gramática de la Lengua Española, que éste se lamentaba del uso inadecuado de ciertos vocablos en el lenguaje habitual. Y a un servidor le llamó poderosamente la atención, porque citaba el caso del verbo arrancar en el sentido de iniciar un encuentro o una competición, tal cual así se utiliza con asiduidad por comentaristas y periodistas deportivos. Acudí con extrema curiosidad al Diccionario de la RAE, -por cuanto uno no había reparado en ese pormenor conceptual-, pudiendo comprobar que el entrevistado realmente estaba en lo cierto, porque de las 19 acepciones que allí aparecen del término citado ninguna en efecto hacen referencia a esa idea; a lo más, tan sólo se aproximan a ella éstas cuatro: a) partir de carrera para seguir corriendo, b) partir o salir de alguna parte, c) iniciar el funcionamiento de una máquina, o d) iniciar el movimiento de traslación de un vehículo.
Rápidamente me pregunté qué podría haber dicho de esa monomanía, tan extendida hoy día en el lenguaje culto español, -que no castellano-, por inventar palabros a partir de palabras ya existentes, bien sean verbos como por ejemplo perimetrar o procesionar (el segundo muy propio y frecuente en nuestra Semana Santa), bien participios como destensionado o conveniado, ora sean sustantivos como causación o litigiosidad (usual en magistrados y jueces, que antes que nada se supone son letrados), u ora adjetivos como poblacional o jurisprudencial (si bien es verdad que el último ha sido propuesto para que aparezca en la XXIII edición del Diccionario, lo cual es un claro ejemplo de que la RAE, a pesar de cuanto pueda decirse, no es insensible a recoger en éste aquellas novedades lingüísticas que van haciéndose normales a lo largo del tiempo en determinados círculos más o menos técnicos).
También pensé obviamente en esos contertulios o pseudoperiodistas de los medios de comunicación, que no tienen reparos ni rubor alguno en complementar adverbios o locuciones adverbiales y preposicionales, -tales como delante, detrás, enfrente, en contra, a través, etc., que por ser palabras o expresiones invariables ni admiten género ni número-, con adjetivos posesivos, casos mío/mía, tuyo/tuya, suyo/suya, nuestro/nuestra o vuestro/vuestra,. dependiendo en su caso del género, o mejor dicho del sexo, de quien habla. Bueno, en verdad habría que aclarar que la locución “en contra de” es la excepción, ya que en este supuesto la preposición contra en realidad hace las veces de sustantivo; por ello, cuando en tal hipótesis el complemento de posesión, propiedad o pertenencia es un pronombre personal, -en contra de mí, en contra de ti, en contra de ellos, etc.-, es posible sustituirlo por el posesivo correspondiente, tanto antepuesto, -en mi contra, en tu contra, en su contra, etc.-, como pospuesto, -en contra mía, en contra tuya, en contra suya, etc.-, en cuyo caso el posesivo ha de hacerse concordar siempre con dicho sustantivo contra, es decir, que de ningún modo es admisible decir en contra mío, en contra tuyo, en contra nuestro, en contra vuestro o en contra suyo. Por cierto, como a propósito de contra, el Diccionario Panhispánico de Dudas dice que no es aceptable el uso de “contra más” en lugar de “cuanto más,” así como que “mientras más” es una variante coloquial de "cuanto más", sea dicho esto para llevar la contraria a un profesor, que en cierta ocasión me discutía que la expresión postrera no era incorrecta.
Y qué decir, en fin, del uso inapropiado de los pronombres personales masculinos lo o los, de los femeninos la o las y del neutro lo; en definitiva de esos fenómenos tan arraigados, -habría que llamarlos como lo que son, barbarismos-, conocidos como laísmo, leísmo o loísmo, es decir, del empleo irregular de las formas “la” y “las” del pronombre ella para el complemento indirecto, de la incorrección consistente en emplear la forma “le” o “les” para el acusativo masculino singular o plural cuando el pronombre no se refiere a personas, o para el acusativo femenino singular o plural y del error consistente en emplear las formas “lo” y “los” del pronombre él en función de dativo, respectivamente.
Y esto no lo dice un servidor; lo dice la RAE. Pero de eso hablaremos otro día.
                                                                                                                                 (continuará)

domingo, 18 de septiembre de 2011

SOBRE EL TÚTBOL Y LA RADIO ( y I I )


Y para finiquitar el tema que uno había bosquejado en la anterior entrega sobre el conflicto de los equipos de fútbol con las emisoras radio, ¿qué dice la jurisprudencia al respecto? Ciertamente hay que reconocer que de hecho nada, por la sencilla razón de que las controversias suscitadas hasta ahora en vía judicial por dicho problema lo han sido por particulares contra los medios de comunicación, -y no al revés, es decir, no planteadas por éstos-, a causa de la eterna colisión entre el derecho al honor, la intimidad y la propia imagen frente al derecho a la información. Sí, empero, existe una sentencia del Tribunal Supremo de 15 de octubre de 2008 que mutatis mutandis avalan la tesis de un servidor. En efecto, aun cuando el fondo de la litis no era exactamente el mismo, por cuanto se trataba de dilucidar si era legítimo limitar la entrada a un recinto deportivo a un determinado número de informadores, los fundamentos jurídicos del fallo judicial son válidos para la ocasión.
El litigio tuvo su origen en la demanda presentada por el periódico La Voz de Galicia y la emisora radiofónica Voz de Galicia Radio, pertenecientes al mismo grupo empresarial, frente al Real Club Deportivo de La Coruña, en reclamación de la protección jurisdiccional del derecho a la información, por considerar los demandantes que se encontraba limitado por la decisión unilateral del club demandado de fecha 2 de enero de 2003, de autorizar exclusivamente la entrada libre al campo de fútbol de Riazor de un periodista por cada uno de los medios demandantes, debiendo abonar éstos 18.000 euros por cada acreditación adicional que solicitasen al club, contrariamente a lo que, hasta el momento, se había realizado, esto es, la acreditación libre de todos los profesionales necesarios para la cobertura informativa de los partidos del Deportivo de La Coruña que se disputaban en el citado estadio. Y la Sala Primera del Alto Tribunal vino a determinar en su citada resolución, confirmando el parecer del Juzgado de Instancia, que la exigencia de una determinada contraprestación económica por la entrada de periodistas que superen el número permitido, -limitación por un club de fútbol del número de reporteros de un periódico y una emisora de radio que tienen acceso gratuito a las instalaciones de su campo-, no vulnera el derecho a la información de los medios de comunicación demandantes; el derecho a la libertad de empresa ampara la decisión de tratar de forma desigual a los proveedores o clientes, atendiendo a los intereses que persiga el empresario, siempre que no se vulneren los mínimos constitucionales del derecho a la información. Conviene recordar, por cierto, que dicha sentencia se produjo vigente aún la Ley 21/1997, que facultaba a los medios de comunicación social el libre acceso a los estadios y recintos deportivos, facultad esta que ha sido suprimida por la Ley 7/2010, que vino a derogar aquella norma anterior.
La sentencia precedente podría ser complementada con otra de la misma Sala de 27 de julio de 2010 dictada en el recurso de casación 175/2007, pues, aunque la cuestión en origen no era exactamente igual, -se trataba en este caso de un espectáculo taurino, en concreto la corrida goyesca de Ronda-, el tema de fondo era sustancialmente el mismo, esto es, que la empresa organizadora del festejo no concedió a la agencia de noticias demandante acreditación para situarse en el burladero de prensa. En el fallo se decía, no sin hacer precisamente referencia a la sentencia citada anteriormente que el libre acceso de los periodistas debe coordinarse con el derecho a la libertad de empresa reconocido por el artículo 38 de la Constitución Española y dicha libertad de empresa debería ser también salvaguardada por los tribunales siempre que se respetasen los mínimos constitucionales del derecho a la información; y reincidía en que dentro del respeto a la libertad informativa cabe la limitación de su acceso gratuito de los periodistas al exigir, a partir de un número de informadores, una contraprestación económica. Cabe añadir otra vez, a mayor abundamiento, que en la presente situación el recurso ante el Tribunal Supremo fue formulado en al año 2007, o sea, mucho antes de que fuera promulgada la Ley 7/2010, en la que se eliminó, como ya se sabe, el libre acceso de los medios de comunicación a los estadios y recintos deportivos.